lunes, 24 de septiembre de 2012

Bañeras ajenas.

De nuevo, enciendo un cigarro. Parece que este tipo de situaciones se conocen como el momento en que decides hacer una pausa de unas cuantas caladas para evadirte, hasta que se consuma. He hecho la prueba, creo que demasiadas veces. No puedo decir que haya encontrado la solución para dejar de escuchar mis propios argumentos, intentando convencerme de que esa sea la manera correcta de encerrar todo aquello que provoca huracanes y tormentas. Todo lo que da pie a encerrarse en el sótano o meterse en la bañera dejando pasar las horas esperando a que los fuertes vientos amainen, salir a la calle de nuevo y volver a empezar de zero. No quiero decir nada de eso, en absoluto.

Tengo la vaga sensación de, en aquel primer párrafo lejano, haber perdido mi punto de referencia y la línea de meta. Esta vez no sé si quedará más claro lo que quiero, no puedo, pero intento, llegar a decir. Intentaré ser concisa, escueta, directa, literal y objetiva. Moderada, correctra, reflexiva, intensa y madura.

Bien, ahora, igual que suelen decir, a la tercera va la vencida. Solo venía a decir que en mi habitación hay una cama, un armario, una mesa y un par de estanterías. Mucho desorden, ruido cuando irrumpo con gritos e historias y cojines por el suelo. Humo viciado a pesar de tener la ventana abierta 24 horas, colores rallados y lejos de escalas cromáticas complejas.

Cuarto párrafo. Sigo sin decir nada. Esta historia no tiene tema, no tiene argumento, no tiene sustento ni personajes más allá de una piedra de mechero gastada.

Espero que ustedes hallán quedado al menos desconcertados, dado que la satisfacción en estos momentos es algo que se me escapa. No habrá próxima vez, no volveremos a vernos. Ésta dicen que no soy yo.

martes, 12 de junio de 2012

Historias de la chica descalza.

Eran las cuatro de la tarde. Tal vez el escenario fuese un salón decorado con muebles viejos y un televisor lleno de polvo. Todo en penumbra. La poca luz que se adivinaba, se filtraba entre viejas cortinas de colores inesperados. Digo tal vez, porque al mismo tiempo se respiraba el aire caliente del desierto y la sensación de asfixia no cesaba ni con la suave brisa que hacía bailar sus mechones de pelo enmarañado. Iba descalza. Sus dedos se contraían de igual modo como si estuviese pisando baldosas frías. Aun así, ella notaba la arena árida rodeándola a cada paso. Se dirigía lentamente hacia otra supuesta habitación. Esta vez consistía en el mas gélido de los parajes. Unas sábanas gastadas hacían a la vez de olas cargadas de misteriosas criaturas y de mantas cuando caía el sol. Una mesita al lado del colchón chirriante, confería al espacio un pequeño atisbo de que allí dentro algo habría que guardar. Y a su vez, de que realmente no se trataba de una llanura de hielo desolado, abatida furiosamente por rachas de viento inagotables. Al otro lado delante cama, se adivinaba una silla de color quejumbroso, sepultada bajo toneladas de nieve y ropa. A su vera, se encontraba un armario de aquel mismo extraño color, haciendo el papel de iceberg en medio de la nada. El único instante en que la vista reposaba sobre algo que no fuese de colores fríos y distantes, era un pequeño cuadro, situado en medio de una pared desnuda. Éste no simbolizaba nada más que un estrecho refugio de los colores gélidos y desafiantes. Volvamos a ella. Entró en su Siberia particular. Completamente personalizada en su día. Pero quién sabe cuando fue aquello. De nuevo, sus dedos volvieron a quejarse al tacto de las baldosas. Pero esta vez, el escalofrío se extendió a todos los recovecos de su piel. Amortiguó la ventisca, que al cerrar la puerta se produjo, cubriéndose la cara con ambas manos y agarrándose al suelo, hasta casi romperse las uñas. Pasaron minutos interminables, disfrazados de horas inexpugnables por cualquier otro entendimiento. Llegado el momento en que el sordo rumor del frío caló sus huesos, tuvo que huir de aquel intrépido lugar. Una vez más, los pies descalzos rozaron el suelo. Pero esta vez discurrieron las frías montañas y el árido desierto, como si de una pluma al viento se tratase. Abrazó su abrigo y las llaves, y la chica descalza alcanzó el duro asfalto de la jungla helada, el bosque enardecido y la realidad bajo sus pies desnudos.

lunes, 14 de mayo de 2012

60 segundos

Cómo decir que echo de menos tus manos cuando siento el simple aire recorriendo mis dedos. Cómo decir que bailas en mi cabeza cada dos por tres. Cómo explicar ese nudo en el estómago cada vez que pasan esos 60 segundos antes de gritar. Cómo entender una tarde sin nada que hacer y la distancia. Cómo asimilar el silencio de las horas muertas...

Nunca dije que supiese explicarme, entenderlo ni reaccionar. Nunca pensé en el vacío de las sábanas. Nunca escuché una voz tan dulce. Nunca acepté lo imposible.

El libre al bedrío cada día tiene menos sustancia. Solo puede explicarse con la irrefrenable mecánica de la pelusa chirriando a cada paso, haciendo lo posible por frenar los centímetros que la separan de tus besos.

sábado, 14 de abril de 2012

Baila conmigo.

Acerco el odio a las paredes para intentar rescatar un atisbo de luz. Mi única ambición queda reducida al secuestro de un antiguo recuerdo, al encuentro de esas notas que armonizan con el aire que oprime esta habitación. Pasan por delante de la retina el vaivén de las pestañas. Los pulmones vuelven a llenarse y suena de nuevo el bucle del tic tac. Podrías tener la sensación de haberlo dejado de oír. Perder el control de aquello establecido hace demasiado tiempo como para tirar de la cuerda y rescatarlo de nuevo, con el fin de reanudarlo más tarde con un nudo nuevo. Tal vez sea el que ate las ráfagas de viento o fragüe el cemento de estas cuatro paredes. Como ya se contó en su momento, ha pasado demasiado tiempo desde que se empezó a enmarañar sin que nadie fuese capaz de controlarlo.
Poco a poco parece surgir un tenue rumor entre las manchas del gotelé. Suena tan anómalo en esta calma, que si hubiese sido el grito más desgarrador que hubiese existido jamás, lo hubiese acogido igualmente en mis brazos cuarteados. Lo recorrí de arriba a abajo. Le di mil vueltas y no pude apartar la mirada. No me importó si pensó en mi falta de modales ni en lo molesto de mi descaro. La primera gota de lluvia después de soportar durante varios días, un cielo plomizo y cargado de historias que parece no estar dispuesto a regalar. Así fue el retumbar sordo de mi corazón demasiado pegado a la pared maciza. De aquel modo extraño, un grito envasado rehizo el camino a través de mi garganta y cuerdas vocales hasta un lugar desconocido, para nacer en mis oidos sordos de nuevo.
Aquí no hay ventanas ni un solo resquicio por el que se pueda colar algo parecido al viento o al aire que intento describir con tanto ímpetu. Puede ser la imaginación revolviéndose entre golpe y golpe en esta caja vacía. Será ella la que trepa hasta mis ojos para despertarme, hasta mis labios para hacerme reaccionar y hasta la oreja para susurrarme, muy bajito, historias para no dormir. Me roba el sueño, al fin y al cabo. De todas formas, gracias. Eres la pequeña semilla recogida de una lágrima olvidada. Eres la que al final de cada despedida me da las buenas noches, y yo soy la que te recuerda con una sonrisa, que necesitaré besarte para dar por concluidos nuestros bailes pautados cada tic tac. Sabes que ahí fuera, más allá de esta habitación, me espera la luna para que baile con ella.